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Entrevista al Arzobispo de Puerto Rico

Publicado 31/03/10
Por JL Acevedo Colón

Como parte de nuestro propósito de publicar ideas, noticias y eventos que consideramos de importancia vital en nuestra vida como pueblo incluimos en esta ocasión el texto íntegro de una entrevista hecha por Angel Dario Carrero al Arzobispo Roberto González Nieves, publicada el 28 de marzo de 2010 en el diario El Nuevo Dia.

Se hecho célebre el dicho de Pascal: el corazón tiene razones que la razón no comprende. ¿Hay algo más profundamente entrañable e inexplicable que el tema de la identidad? El Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico comparte en esta entrevista las razones que anidan en su corazón. Es verdad que las ha ofrecido porque lo hemos interrogado, pero también seguramente porque intuye, con el auxilio del mismo Pascal, que el ser humano “está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende”. Dicho esto, no oculto que no es fácil entrevistar al Arzobispo, pues parece vivir a gusto dentro del silencio y la soledad. Uno tiene la impresión de estar interrumpiendo algo importante. Y aún cuando habla, parece no salir de esa atmósfera de protección que lo envuelve. Esta sintonía tal vez explica el talante que lo caracteriza, aún en los momentos difíciles que le ha tocado vivir: atento, pausado, respetuoso, fundamentado, agudo y no menos valiente. Hay timidez de por medio, es cierto, pero sobre todo, sentimos una fe orante que no elude la profecía y, buen franciscano al fin, ni el amor a los gatos.

El mismo día de su toma de posesión como Arzobispo de San Juan de Puerto Rico habló enfáticamente del tema de la nación. Poco después publicó una Carta sobre el tema con sugerente prólogo del Cardenal Luis Aponte Martínez. ¿Fue nombrado por el Vaticano con esta encomienda particular?

No fui nombrado con esa encomienda.

Ningún obispo de su posición jerárquica se había pronunciado tan abiertamente en favor de la identidad nacional puertorriqueña. Hay una voluntad expresa. ¿Cómo la explica?

Quiera recomendar los dos tomos de Maestros y profetas de la Conferencia Episcopal de PR, que se debería difundir más. El Cardenal Aponte ha recordado en el prólogo a mi Carta: “Él nos regaló una patria, una nación, una identidad?particular y nos pedirá cuentas por esta heredad tan valiosa”. De mi parte, un amigo mío, que es obispo, me aconsejó que cuando uno llega a una diócesis debe decir lo que alberga en su corazón. Y que había que decirlo al principio o al final, pero no en el medio. En el intermedio debía estar la dedicación habitual que requiere llevar adelante una diócesis. Yo opté por decirlo al principio, no al final. La identidad nacional puertorriqueña está en mi corazón como lo estuvo en el corazón del Papa Juan Pablo II y se constata en su libro póstumo Memoria e identidad.

¿Cuál es el trasfondo o fundamento de esta inquietud?

La identidad puertorriqueña es muy importante para mí porque está íntimamente vinculada con la fe católica. Nuestra identidad puertorriqueña nace con el catolicismo. Hace quinientos años se constituyó una nación más en el concierto de las naciones. Mi defensa se fundamenta en la dignidad del ser humano que es fruto de esta cultura particular. Dios crea a los seres humanos para que vivan en la libertad y desarrollen su cultura, su lengua, sus expresiones, convivan en el amor y la solidaridad y se encaminen hacia la vida eterna.

¿Siente la necesidad de defenderla porque la reconoce amenazada?

Primero, porque la Doctrina Social de la Iglesia habla de la importancia de la identidad. Y, ciertamente, porque está amenazada. Se nos han enseñado muy poco nuestra historia. Los artistas, poetas, intelectuales y deportistas y miles de puertorriqueños anónimos, con sus décimas de amor patrio, son quienes más han defendido nuestra identidad. La iglesia también tiene que asumir su propia responsabilidad.

¿Cómo llegó a esta constatación?

En septiembre de 1977 yo estaba estudiando mi maestría en sociología. Allí tuve que estudiar el caso del catolicismo polaco y de su necesidad de emigrar a los Estados Unidos. Descubrí que la iglesia católica en Polonia, a lo largo de mil años, había sido la protectora de la identidad nacional; se había dedicado a proteger, cultivar y enaltecer los valores de la cultura polaca. Los polacos llegaron a Estados Unidos con su clero, con sus sacerdotes y monjas, que lucharon junto al pueblo y establecieron sus parroquias nacionales, que es una previsión que se encuentra en el Código de Derecho Canónico. Esta investigación mía es antes de la elección de Juan Pablo II. Vi un nexo con la experiencia de la diáspora puertorriqueña. Descubrí, por contraste, cómo otros pueblos sufrían y sufren en la diáspora, también en el contexto eclesial. Nuestra gente llegó a Estados Unidos, a diferencia de los polacos, sin nadie que los defendiera en el contexto. Es verdad que también hubo excelentes sacerdotes norteamericanos con gran sensibilidad, uno de ellos, Joseph Fitzpatrick, un jesuita, que de hecho fue mi mentor y director de mi tesis doctoral en sociología.

¿Cuál era la situación de la diáspora puertorriqueña que a usted más le impresionó?

En el nordeste de Estados Unidos, por ejemplo, los puertorriqueños no podían utilizar el templo como tal para sus celebraciones, sino los sótanos de las iglesias. Donde yo mismo había sido párroco nos sentíamos muy rechazados.

¿Comunicó lo que había en su corazón cuando fue nombrado por consagrado obispo dentro del episcopado norteamericano?

El Cardenal Law me preparó para mi diálogo con la prensa. Una de sus preguntas fue: ¿qué vas a hacer como obispo auxiliar en relación con los hispanos? ¿Cuál será tu primera prioridad? Le contesté de inmediato: “sacarlos de los sótanos”. Me preguntó que qué quería decir con eso y le expliqué largamente. Me dijo: “te voy a apoyar”.

Su postura nace de la experiencia, de su misión concreta como obispo, pero también del enfoque particular que le brindan sus estudios especializados.

Desde que comencé a estudiar sociología vi que la iglesia tiene una misión muy importante a la hora de defender la identidad de los pueblos y de las naciones, sobre todo, en el contexto eclesial. Una nación y una cultura no se construye en el vacío, y uno de los elementos forjadores es, sin lugar a dudas, la religiosidad. El ser humano tiene un instinto o anhelo espiritual natural. El sentido religioso de la vida es fundamental. Los países totalitarios que han buscado extinguir el sentimiento religioso y el desarrollo de las iglesias han fracasado, mientras que las sociedades más materialistas, irónicamente, parecen lograr las metas de sus contrarios.

Ha reclamado que el Estado no es el autor de la identidad, sino solamente de su expresión jurídica y que está llamado a defenderla.

El Estado tiene la obligación no sólo de servir y proteger la identidad nacional del pueblo, sino de desarrollarla y celebrarla. Lamentablemente, aquí ha habido mucha confusión para definir los términos. La palabra nación tiene entre nosotros una connotación principalmente política, pero históricamente la palabra tiene un sentido primordialmente antropológico: en el desarrollo de los conceptos la nación precede al Estado, la nación precede a su configuración jurídica. De ahí proviene la confusión y tenemos que aclarar bien los términos.

Si no se puede poner en peligro la nacionalidad porque ella está ligada a la dignidad de un pueblo, e incluso, a la fe nuestra: ¿cómo validar las propuestas de las distintas fórmulas de status? ¿Cuál es su orientación como pastor de esta iglesia arquidiocesana?

Todo católico tiene derecho a su opinión política. Debemos tener mucha claridad al definir los términos. Debe haber un proceso pedagógico que capacite a nuestro pueblo a entender lo que implican cada una de las opciones, que debo decir, no debemos limitarlas a tres.

¿Piensa en la validez de la Libre Asociación

Pienso en la totalidad de las fórmulas que decida el pueblo puertorriqueño para proteger su identidad, su derecho a la autodeterminación y en la posibilidad de otras fórmulas creativas no contempladas. Es importante que Puerto Rico sea el protagonista de su propia historia.

?

Pero en nuestro caso particular, necesitamos aclarar los términos también con los Estados Unidos.

Sí, porque debe ser un contrato digno, equitativo y libre entre dos naciones; no un contrato asimétrico. Nos dicen que Estados Unidos es una nación de naciones y esto yo creo personalmente que no es así, y esto se debe aclarar. El Congreso de Estados Unidos debe aclararlo para que nuestro pueblo sepa a qué atenerse y pueda tomar una decisión informada. Hablamos en términos de asimilación jíbara, en este mismo sentido, pero esta opción significa asimilarse a otra nación. Los miembros del Congreso de Estados Unidos tienen la responsabilidad de aclarar, al igual que los que favorecen esa opción en Puerto Rico.

¿En esta tarea no tendría un rol significativo la Comisión Estatal de Elecciones?

De hecho, la Comisión sería un excelente instrumento si fuera una entidad controlada por la ciudadanía y no por los partidos. Esta es una de las razones por las que se ha politizado tanto Puerto Rico. Los partidos controlan la democracia puertorriqueña y no la ciudadanía. Además, ¿quienes representan a los que no se afilian a un partido en específico en la Comisión? La misión de la Comisión no es aclarar fórmulas políticas, sino conducir el proceso electoral con transparencia.

Pero el hecho es que aquí los partidos tienen una estructura bien arraigada y hay que contar con ello.

Los partidos son importantes, pero en cuanto a la Comisión Estatal, creo que debería haber un mecanismo que lograra que estuviera dirigida por personas de la ciudadanía, más allá de su afiliación política. Al pueblo le conviene despolitizar sus estructuras fundamentales.

Habló de la Estadidad, pero no cree que los populares tienen más líos actualmente para decidirse precisamente en los términos, incluso más que ningún otro partido.

Mi opinión sobre los partidos específicos no viene al caso, lo importante es hablar de la dignidad y la libertad de los pueblos y naciones.

¿En qué modelos está pensando?

Cuando entramos en el aspecto jurídico, eso no me compete como obispo. Hay personas más capacitadas que yo que pueden abundar en estos temas, pero la realidad es que en Puerto Rico me ha extrañado que no se discutan opiniones jurídicas que existen en otras partes del mundo. Por ejemplo, Los miembros de la comunidad europea tienen un pasaporte con dos banderas: la de todos y la de tu propia nación. Si visitas el Museo de Ana Frank en Amsterdam, por ejemplo, te encuentras en la última sala con un himno a la pluri-ciudadanía, un himno al futuro de la humanidad, a la hermandad universal. Te sientas en la computadora que tienen allí y encuentras testimonios de miles de personas que tienen diez o más ciudadanías. Me parece que es algo hermoso. El futuro de la humanidad va hacia allí.

¿Cómo lo traduce para Puerto Rico?

La puertorriqueñidad actual no es la misma que la del siglo XVIII y del siglo XIX, ella va creciendo y evolucionando, pero hay un hilo conductor que será el mismo, esa esencia que nos une y nos identifica como hijos e hijas de una misma nación, de una misma madre. El vínculo es tan fuerte, que por alguna razón, se habla de madre patria.

Con lo que dice, ¿está ayudando a aclarar términos desde el terreno de los independentistas?

No. Estoy ayudando a aclarar términos de dignidad humana, libertad e identidad desde la perspectiva de la doctrina social de la iglesia. Hoy se dice que la interdependencia es el nuevo nombre de la independencia. Con la interdependencia no se pierde la particularidad nacional, sino que desde ella se entra en diálogo, en colaboración, en nexos de amistad y solidaridad con las demás naciones. Cuando uno compra un carro hoy tiene piezas de varios países, es la nueva realidad económica y política.

Hay otros episcopados latinoamericanos que trabajan esta idea de afirmación de la nacionalidad como parte de su tarea pastoral. ¿Algunos pueden pensar que es un capricho muy suyo?

No es capricho, es parte esencial de la doctrina social de la fe católica. Los Obispos de Argentina? dieron hace poco un mensaje con motivo de la celebración del Bicentenario de la Independencia que se titula: "La Patria es un don, la Nación una tarea". Dios nos ha regalado esta patria, hay que trabajar todo lo demás. Me parece que todos los episcopados del mundo afirman este punto de una manera u otro en su quehacer episcopal.

Usted ha ido pasando progresivamente del tema de la afirmación de la identidad al tema fundamental de la familia, incluso estuvo envuelto en el issue de las residencias compartidas, de hecho, clarificando términos.

“El futuro de la humanidad pasa por la familia”, es una frase de Juan Pablo II. La familia es, nuevamente, una institución que precede al Estado. Los grandes valores se aprenden y cultivan en la familia. La afirmación de nuestra identidad pasa por el cuidado primordial a nuestras familias. El autor de las familias es el Creador y la familia es la única garantía para perpetuar la humanidad.

De hecho usted ha dicho que las propuestas políticas deben ser medidas por su impacto en las familias.

Sí, es importante ver en qué medida favorecen no solamente la unidad familiar nuclear, sino también la familia extendida. Este es un punto fundamental para medir su valor humano, ético y político.

¿Se refiere también a la diáspora puertorriqueña?

También. Es curioso que los primeros puertorriqueños que salieron de Puerto Rico hacia Estados Unidos en número significativo fue en el siglo XIX, con un grupo de cubanos. En la primera guerra mundial hubo otro éxodo, y otro más masivo después de la segunda guerra mundial. La diáspora ha conservado sus raíces, son parte de nuestra familia. Debemos estudiar la diáspora en Hawai, el uso de la bandera puertorriqueña y la identidad puertorriqueña en la diáspora.

 

Así que al hablar nación, incluye igualmente a las familias de la diáspora puertorriqueña.

Sí. Claro, no sé hasta cuándo pueda durar el vínculo. Es sorprendente que en un número notable se conserva la puertorriqueñidad, pero también es cierto que se va modificando en las generaciones más jóvenes. Los biznietos ya tienen otra forma de relacionarse con la identidad y con lo religioso. El cambio es inevitable.

¿Ve alguna diferencia fundamental en Puerto Rico?

Primero, hay que decir que la diáspora históricamente se siente más cómoda reafirmando su identidad puertorriqueña, mientras que en PR hay un temor.

En segundo lugar, en Puerto Rico sucede algo parecido, pero aquí tenemos una lengua común que es el español que nos une, pero si se pierde la lengua se perderá la identidad nacional y, por ende, su vínculo con el catolicismo. La lengua es tan parte del alma que al perderla significaría unaredefinición radical de la fe y de la cultura en Puerto Rico.

Usted prefirió hablar de lo que albergaba en su corazón al principio de su misión como Arzobispo, pero las críticas en un país tan politizado no se hicieron esperar.

Quizá debía haberlo dejado para el final (se ríe), pero la verdad no me arrepiento en absoluto.

Usted vivió tantos años fuera de Puerto Rico. ¿No había cierta ingenuidad de por medio?

Es un hecho. Yo estuve viviendo durante 35 años consecutivos fuera de Puerto Rico. Me fui de aquí en 1964 para mis estudios en el Seminario y regresé en 1999, cuando fui nombrado Arzobispo. Toda mi experiencia y conversación se dio siempre en el contexto de la diáspora. Todos estos asuntos yo los había hablado con suprema naturalidad. No llamaba la atención, eran temas normales. No era un contexto tan polarizado ni tan polarizante como el de Puerto Rico.

También existe un derecho básico a disentir, ¿no cree?

Uno de los principios básicos de la democracia norteamericana es el derecho a disentir. La disidencia es la esencia de la democracia. Cuando uno disiente nadie dice que uno es anti-

americano. Todo lo contrario, se entiende como el derecho fundamental del ciudadano. Yo venía de
ese contexto, pero aquí la polarización ya era extrema.

La intolerancia está muy extendida hoy día, también en Estados Unidos.

Sí, he notado en Estados Unidos, en América Latina y en Europa una estridencia creciente que no había visto antes. Puerto Rico, por lo tanto, no es hoy la excepción, pero somos un país pequeño, de cuatro millones, podríamos destacarnos por el desarrollo de una convivencia política más serena que resalte primordialmente lo que tenemos en común. Pero hay que reconocer lo poco que acentuamos los puntos en los que tenemos concordancia.

En su columna en Perspectiva de este mismo diario, dijo, refiriéndose a la demanda de los padres del Colegio del Perpetuo Socorro, que hay una agenda de descrédito, que quieren desautorizar su voz en los asuntos morales, culturales y sociales de Puerto Rico.

La demanda, que la he leído dos veces, no añade nada nuevo y mi postura tampoco cambia. Prefiero por respeto dejarlo a los cuatro abogados que están trabajando el asunto: Lic. María Eugenia Rodríguez, el Lic. Frank Zorrilla, el Lic. Jesús Rabell y mi ayudante ejecutivo, Lic. Samuel Soto. Confío en ellos.

¿No cree que todo esto le sirve de aprendizaje para la iglesia misma? La iglesia no es una superestructura intocable, ella también tiene que ser transparente y dar razón de su fe y de sus procedimientos. Pienso por ejemplo en los casos tan sonados de pedofilia.

Sin duda, todo esto nos ayuda a crecer en la santidad. Es un llamado profundo a crecer en el seguimiento de Jesucristo. Es un momento igualmente importante para tratar de sanar heridas, tanto de las víctimas como los victimarios. Ahora bien, el escándalo en Estados Unidos y el escándalo en Europa se ha tratado muy distintamente en los medios de comunicación. Ahora se ha dicho más claramente que el principal lugar donde se desarrolla la pedofilia es en las mismas familias. Este es un dato importante para trabajar el asunto sobre todo en las familias, que es el principal núcleo. El compromiso de la Iglesia de solidaridad con el dolor y el trauma de las víctimas de abuso sexual clerical debe ser total. Queremos acompañarles en sus procesos de sanación. Por otra parte, en la iglesia tenemos que utilizar mejor los medios de selección de candidatos al sacerdocio. Cuando muchos fueron admitidos no existían tantas pruebas psicológicas. Algo que se ha dicho poco, es que en muchos casos, psiquiatras y especialistas fueron los que recomendaron su inserción en las comunidades nuevamente. Así que el proceso es de crecimiento para todos, no para un solo sector.

Inicia un nuevo aprendizaje desde lo que ahora se sabe y que no se sabía. El Papa ha escrito una carta pastoral a todos los católicos de Irlanda. Me pareció verdaderamente conmovedora, refleja mucha firmeza y ternura.

 

¿Y qué ha hecho la Arquidiócesis en este sentido?

Tenemos un protocolo, que indica los pasos a seguir cuando hay una acusación de alegada conducta impropia. Pero pronto vamos a publicar un reglamento, que establece las normas que se deben seguir para educarnos y prevenir este tipo de situaciones en cualquier faceta de la vida apostólica de la iglesia. Quisiera presentarlo a finales de este año.

Se ha enfocado en una reorganización de las estructuras parroquiales sobre todo desde una transparencia en el campo económico. ¿Cuál es la diferencia entre una administración parroquial y la de una empresa privada?

La diferencia fundamental es que la iglesia no existe para acumular riquezas. Con su tesoro debe ayudar a mejorar el mundo, sobre todo a los más pobres. Pablo VI vendió el oro que tenía el Banco Vaticano para hacer visible esta realidad donándolo a los pobres. Es claro, que debemos mantener una base económica para dar continuidad, pero no de una manera desproporcionada. Una parroquia o colegio católico debe tener lo suficiente para hacer su misión, pero no para acumular dinero, sino para forjar la comunión de bienes, como se dice los Hechos de los Apóstoles.

Puede brindar ejemplos concretos de cómo comparte la Arquidiócesis sus bienes con proyectos emergentes de la iglesia o de la sociedad. La gente necesita saber en qué se gasta lo que se aporta.

La Arquidiócesis, con un gran sacrificio de nuestra parte, donó un millón de dólares para el nacimiento de la nueva diócesis de Fajardo-Humacao, la más pobre de Puerto Rico. Caritas, por ejemplo, ayudó a más de 38 mil personas que quedaron desempleadas, y todo el proyecto que estamos desarrollando en Haití. Y también servimos de mediadores para fondos federales de ayuda social. El Colegio de la Sagrada Familia de Lloréns Torres es subsidiado por la Arquidiócesis. Se pagan mensualmente unos 30 mil dólares para mantenerlo. El Canal 13, es un medio importantísimo de evangelización en este nuevo tiempo, pero nos cuesta unos 6 millones al año para mantenerlo, sin ganancia. En ese canal se ha invertido, desde que se creó, unos 20 millones de dólares. El dinero que entra circula para la solidaridad, para la evangelización, no es para la iglesia misma. Y así debe ser.

Cuando se lee el discurso del papa Benedicto XVI a los obispos de Puerto Rico en visita “ad limina” en el 2007, llama la atención las veces que pide unidad a los obispos. ¿Por qué no tenemos en los albores del siglo XXI, en una isla tan pequeña, una pastoral unitaria del catolicismo en Puerto Rico y, en su lugar, cada diócesis emplea esfuerzos y medios siempre por separado? Lo mismo podemos decir de la educación de los seminaristas: ¿por qué no hay un seminario común?

Yo diría que cada vez avanzamos para fortalecer esa unidad. Estamos en un momento de crecimiento en la Conferencia Episcopal Puertorriqueña y de mayor comunión. En algún momento espero que se pueda lograr un plan nacional de pastoral.

¿Cómo compagina tener una claridad de pensamiento social cristiano y su misión particular de ser mediador principal de la reconciliación de un pueblo dividido por el partidismo?

Todos debemos querer, sea cual sea nuestra postura, la unidad de todos los puertorriqueños. Necesitamos un Puerto Rico más humano, menos violento, más hermoso. Tenemos para ello que aprender a renunciar, a ceder, todos, en favor del bien común. Confiar que los cambios que son importantes realizar por Puerto Rico, en términos de su configuración política, se darán dentro de un proceso evolutivo y que no debemos acelerar procesos indebidamente, menos aún imponer criterios para resolver un asunto trascendental de modo superficial. Puerto Rico es y será lo que tiene que ser, y para ello tendrá que contar con una evolución armónica, pacífica, pedagógica y dialogante hacia esa finalidad. Debemos ser pacientes y generosos para contemplar todas las opciones posibles con claridad y entendimiento. Yo les aseguro que de este modo encontraremos la solución de nuestro futuro político como algo natural, fruto de este proceso de consenso. El devenir de Puerto Rico si se construye sin un proceso como éste, no tendrá un resultado perdurable y sólo engendraría la violencia que tenemos que evitar a toda costa. Me parece que el gran logro de la democracia puertorriqueña ha sido el de evitar una solución violenta para resolver su situación.

¿Y cuál sería el rol de la iglesia en esta coyuntura?

Difundir la totalidad de la doctrina social de la iglesia. Educar, acompañar, reconciliar, ser puente para promover la unidad, restaurar todas las cosas en Cristo. Servir. Orar.

Chin -así se llama el gato callejero que conoce todos los secretos del Palacio Arzobispal- se sube al mueble donde estoy sentado, patea mi bolígrafo, apaga la grabadora, voltereta doble para bajarse y, entonces, plácidamente me muestra el camino de salida, oscurísimo por cierto. Y el Arzobispo vuelve al silencio del que nunca salió.

peregrinoyfostastero@gmail.com

 

Por Ángel Darío Carrero / Especial El Nuevo Día